Visitas de orden

 

Entró la ley

era pésima y pusilánime 

charlaba chanta y amena

de orejas cruzadas y dientes prolijeados.

Se posó en el banco 

y desparramó los brazos sobre la mesa.

Le seguimos el hilo.


Desde la puerta vi llegar a la otra,

igual uniforme 

aunque más joven.

Llegó reptando,

las piernas las tenía inútiles,

gastaba la punta de los zapatos 

arrastrándolos por el porlan. 


Después vino la tercera,

también de uniforme 

también de canana 

carilinda pero enojada y renga.

Desenfundando el oscuro 

se las llevó 

avergonzada de ambas

enseñándonos 

la profundidad del cañón

que portaba.


No dijimos nada.